Batallitas

-No sé si te he contado, nieto mío, que yo siendo joven, sólo un poco mayor que tú, participé en la Batalla del Valle Grande, la que determinó el fin de la Guerra III que seguro estudias en el colegio.

-Sí, abuelo, pero ya no me acuerdo, ¡cuéntamela otra vez!

-Jejeje, venga. Yo era un poeta, sabes, y como tal fui reclutado para formar parte de la infantería de nuestro ejército. Éramos los primeros en caer, siempre en primera línea, con sólo nuestros versos como arma y nuestra pasión por los sonetos como argumento. Siempre me sentiré orgulloso de haber pertenecido a tan leído ejército. Éramos miles. Muchos amigos míos lucharon a mi lado, hilando rimas, declamando a diestra y siniestra, machacando al enemigo con difíciles estrofas, casi siempre mejores que las de los poetas del bando contrario, todo hay que decirlo. Ahora todos están muertos, casi todos en el campo de batalla. En los flancos estaban los dramaturgos, montados a caballo y agrupados por obras. Recuerdo que cuando entraron en combate casi les aplaudimos, por la alegría, porque teníamos muchas bajas, a pesar de ir venciendo, pero esperamos al final, que es lo correcto en toda obra de teatro que se esté disfrutando. Los dramaturgos entraron a saco, machacaron a los poetas que todavía quedaban frente a nosotros y se lanzaron contra el enemigo buscando la ovación del público. Salvo los creadores de teatro postmoderno, el resto cumplió. Dos batallones de teatro griego pasaron a la historia por su interpretación en la batalla, coros incluidos. Se dice que, tras la batalla, algunos enemigos aplaudieron a nuestros dramaturgos. Fue memorable. Pero no todo fue tan fácil como cuentan en los libros. Cuando parecía que la batalla estaba en nuestras manos, los novelistas del enemigo desplegaron todos sus giros narrativos, abrieron sus mejores capítulos y, he de admitirlo, nos vimos casi derrotados. Pero aquello se quedó en un simple prólogo. Nuestros narradores se desplegaron en forma de media luna y recibieron el apoyo de los dramaturgos. Lanzaron varias obras maestras, trilogías de calidad y grandes sagas de novela negra. Eso no lo esperaban. Ellos seguían utilizando las viejas técnicas de la novela decimonónica rusa y los nuestros se las sabían todas. Eso es por lo que te digo, nieto mío, que estudies, que estés siempre al día, que luego en estas batallas se necesita estar bien preparado.

-Sí, abuelo, que estuuudio mucho.

-Eso está bien. Ya acabo la historia y te dejo jugar con la consola. Durante unos minutos la cosa estuvo igualada, sus mejores hombres y los mejores de los nuestros mantuvieron la trama en todo lo alto hasta el final. Intercambiaban personajes, elipsis y subtramas hasta que el mando literario enemigo ejecutó un movimiento inesperado introduciendo un nuevo personaje. Todos bajamos los brazos. La batalla y la guerra estaban perdidas. Pero nuestro general, que había sido premiado hacía poco con el Nobel de Literatura, se la jugó con todo lo que tenía, y por eso siempre será recordado.

-¿Entonces abuelo, cómo acabó, ganamos no?

-Nadie los sabe, nieto mío, el último giro narrativo utilizado a la desesperada por el gran general provocó un final abierto de tres pares de narices.

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