Últimos 10 minutos de M. Jackson

Michael revisa él mismo su declaración de la renta. Desde que las cuentas empezaron a dejarle de cuadrar no se fía de ningún contable. Ahora todo lo gestiona él mismo. Se ha instalado el programa Father 2008 en su portátil y está revisando la facturación del pasado año fiscal. Una mierda de resultados. Si suma los dos bolos en Las Vegas y el anuncio de blanqueador dental no llega ni para pagar la luz. Ya ha donado, vendido y alquilado casi todo lo que su orgullo de rey del pop le ha permitido, y más, y todo son números rojos. Deja a un lado el papeleo y pone los pies sobre la mesa. En ese momento, uno de sus hijos entra en el salón y le pide permiso para jugar con el pinball de Thriller que le diseñaron hace unos años. Ya no está, hijo, le dice, lo vendí ayer, y quítate la máscara, que en casa no hay nadie que pueda verte, hombre. El niño sale con un mal gesto (bajo la máscara de Mickey Mouse) del salón y deja a su padre solo. Michael ha sido lo más grande, se dice el propio Jackson, que habla de sí mismo en tercera persona, quizá porque no tiene muy claro quién es (o/ni qué es). Entonces se rasca brazo. Lo ha hecho varias veces a lo largo del día pero no ha sido consciente hasta ese momento. Se quita el albornoz que lleva siempre en casa y busca el origen del picor. No es posible, piensa. No es posible, dice en voz alta. Uno de sus lunares ha multiplicado por cien su tamaño y ahora parte del antebrazo y de codo han adquirido un mil veces odiado tono marrón, oscuro, para más señas. No puede ser, grita. Entonces el dolor llega sin avisar, al pecho y al mismo brazo que ha decidido traicionarle. Quiere gritar el nombre de su hijo pero el aire ya le falta. Mierda, piensa, y el resto ya es historia.

4 comentarios:

Miguel Marqués dijo...

Tú eres muy mamón y este lapo es muy bueno. Muy negro y muy bueno :D

Okr dijo...

Más que "negro" es "negro pálido". :)

Lara dijo...

qué cabrón!

Okr dijo...

:)